Viajar es la cuestión

A veces viajamos al otro lado del mundo… y no conocemos lo que tenemos en casa.

Durante mi adolescencia tuve clarísimo algo que me repetí muchísimas veces: yo no me voy a quedar en mi pueblo.

Sentía que el mundo era enorme y que quedarse en el mismo sitio toda la vida era casi como perderse algo. Así que hice lo que hace mucha gente: mirar siempre hacia fuera. Hacia otros países, otras ciudades, otros lugares que sonaban más grandes, más importantes o más interesantes que lo que tenía alrededor.

Y claro, me fui a estudiar fuera de mi pueblo. Además, estuve tres años en Alemania y viajé por todo el mundo. Todo lo que ganaba me lo gastaba en viajar.

Uno de esos viajes fue a Nueva York. La ciudad de las películas, de los rascacielos, de las luces y del “esto hay que verlo al menos una vez en la vida”. Y allí estaba yo con un planning que parecía un examen de oposiciones. Tenía todo organizado al milímetro para que me diera tiempo a verlo absolutamente todo. Museos, parques, barrios, miradores, restaurantes, monumentos… todo encajado en una agenda imposible. Porque claro, si cruzas medio planeta, lo normal es querer aprovechar cada minuto.

Y sí, lo ves todo.

Pero muchas veces lo ves con la prisa de quien está tachando una lista de cosas.

Con el tiempo me di cuenta que en esos viajes tan planificados muchas veces no hay espacio para sentarte en una terraza, tomarte un café con calma mientras escuchas la conversación de la mesa de al lado, algo qeu me parece magia aunque igual a ti te suena a cotilleo.

Tampoco hay lugar para preguntarte sinceramente por qué sientes esas ganas INCANSABLES de viajar. Cuando me hice autónoma dejé de viajar lejos. No porque ya no me gustara viajar, sino porque todo lo que ganaba lo invertía en la empresa. En ese momento mi energía estaba puesta en construir algo. Y justo en esa etapa escuché a alguien decir: “Dejé de viajar cuando descubrí que tenía un mundo interior muy rico”. Me hizo pensar bastante, porque a veces buscamos fuera algo que quizás también está dentro.

Muchísima gente ya visitó ciudades increíbles por todo el mundo, pero nada de las cosas que tiene cerca de casa. Museos del propio pueblo en los que nunca entramos. Castillos o iglesias que están a veinte minutos y que siempre dejamos “para otro día”. Miradores a los que no subimos nunca. Caminos por los que nunca paseamos. Es como si lo cercano no tuviera suficiente valor simplemente porque siempre está ahí.

Y luego ves que millones de personas visitan Galicia y todavía tienes el valor de preguntarte: ¿qué hay aquí para ver?

Aquella persona adolescente que estaba convencida de que NO se iba a quedar en su pueblo, hoy vive bastante tranquila en su pueblo. Un sitio bonito, tranquilo, rodeado de naturaleza, donde no hay prisas y donde aparentemente no pasa nada. El sonido del río, la niebla en la montaña, la forma en que la gente se saluda por la calle. Son pequeños detalles, pero cuando vuelves de ciudades grandes, empiezas a apreciarlos de verdad. Mañana podría vivir en Bali y también estaría bien. El tema no es es tanto dónde estás, sino cómo estás tú en ese lugar.

Vivimos en un sitio que es un auténtico paraíso natural.

Tenemos paisajes que parecen sacados de otro mundo. En muchas rutas que hago por Galicia me encuentro pensando: esto parece África… o Canadá. Tenemos montañas verdes, bosques que huelen a humedad y a tierra, ríos que atraviesan valles tranquilos y pueblos que parecen haberse detenido en el tiempo. Y lo curioso es que muchas veces la gente viene desde muy lejos para verlo, mientras nosotros seguimos pensando que lo interesante siempre está en la otra parte del mundo.

No se trata de demonizar viajar lejos. Viajar es una de las cosas más bonitas que se pueden hacer. Abrir la cabeza, conocer otras culturas, descubrir lugares nuevos. Pero con el tiempo también aprendes que no siempre hace falta cruzar medio planeta para sentir que estás viajando. A veces lo puedes sentir al lado de casa.

También aprendes algo que cuesta aceptar cuando eres muy planificador: no pasa nada por dejar cosas sin ver. De hecho, muchas veces es lo mejor que te puede pasar porque así tienes que volver.

Cada año miles de personas vienen a Galicia desde todos los rincones del mundo para hacer el Camino de Santiago por estos paisajes que nosotros tenemos a la vuelta de la esquina. Caminan despacio, hablan con desconocidos, comparten historias, descubren pueblos pequeños, prueban comida local, miran el paisaje. Y muchas veces terminan diciendo algo que a mí me parece muy bonito: que este viaje les cambió la forma de ver las cosas.

Persona sentada en mirador de las Montañas do Courel

Quizás porque en el Camino no hay que correr ni tachar una lista de cosas. Solo caminar.

Por eso, si alguna vez pensaste en hacer el Camino de Santiago pero te daba pereza cargar con la mochila, dormir en albergues o complicarte demasiado la logística, hay otra forma de vivirlo que a mucha gente le está gustando.

Caminar durante el día… y dormir en tu propia casa con ruedas por la noche.

Con la libertad de tu camper o autocaravana, y con todo organizado para que solo tengas que preocuparte de caminar y disfrutar del camino.

Esta Semana Santa organizamos una salida en grupo para hacer el Camino de Santiago en camper. Un viaje compartido con otras personas que tienen ganas de vivir la experiencia de una forma diferente.

 

SALIMOS EL 28/3 HASTA EL 3/4

Compartir: